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La ley de la inercia en un cajón de calcetines

por | Sep 23, 2008 | Learning experience | 0 Comentarios

Piensa en un cajón donde tienes guardados tus calcetines. Si te dedicas a utilizarlo, sin ordenarlo, tan sólo sacando y metiendo los calcetines, al cabo de unos meses se convertirá en un auténtico caos. El cajón no cerrará bien y entonces no quedará más remedio que ordenarlo en serio. Si no me crees, puedes hacer la prueba. Es la ley de la inercia.

Igual ocurre con las personas en una empresa. Si no cuidamos a diario de las personas que tenemos a nuestro cargo, la inercia se irá apoderando de los individuos y del jefe del equipo. He comprobado cómo muchos directivos están convencidos de que hablando una sola vez con los miembros de su equipo ya está solucionado todo. Toman conciencia de que es importante escuchar las necesidades, inquietudes, problemas o preocupaciones de sus colaboradores, y entonces se preparan esta reunión y van teniendo esta charla con cada uno de ellos. Y entonces surgen cosas sorprendentes, descubrimientos increíbles sobre la relación entre ellos, y normalmente el resultado es enormemente positivo tanto para el líder como para el colaborador.

Y siendo un éxito en la mayoría de los casos ¿Por qué el líder del equipo, en un porcentaje altísimo, no vuelve a tener esa reunión individual con los miembros de su equipo? Muchos se justifican a sí mismos diciendo que han cumplido con su obligación. Han hablado y escuchado sinceramente a sus colaboradores, ya les conocen perfectamente, así que ¿Para qué tener otra reunión al cabo de un mes, o de 3 meses…o incluso al cabo de un año?

Evidentemente, un equipo funciona igual que un cajón de calcetines. Si frecuentemente no ponemos orden, la ley de la inercia se impone implacablemente. Fundamentalmente porque todo cambia, evoluciona, es dinámico. Las personas pueden tener circunstancias personales que afecten a su trabajo, momentos de especial euforia y responsabilidad, etapas de crisis o resignación en la empresa, etc.

El líder del equipo debe hacer un trabajo constante con cada uno de ellos, escucharlos frecuentemente, estar muy atento a sus cambios de estado de ánimo, a sus bajones y subidones de productividad y motivación. Y para ello no basta con hablar en profundidad con su colaborador una sola vez y olvidarse, ni siquiera una vez al año. Debe formar parte de su filosofía de dirección, de su forma de gestionar personas. Y si no, un día se despertará con un cajón de calcetines imposible de ordenar.

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