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No necesito una tele

por | Jun 3, 2008 | Coaching | 0 Comentarios

Han sido varios los escritos que han llegado últimamente al blog que de una manera u otra reflexionan sobre el tiempo que dedicamos al trabajo vs. vida familiar, social o sencillamente personal. Han sido varios los puntos de vistas y las apreciaciones y todas y cada una de ellas llevan al mismo punto: la pérdida de ese espacio personal en pos de una carrera profesional, un estatus social y un poder adquisitivo. Todos luchamos, empujamos con ferocidad hacia el mismo lado y sin embargo todos nos quejamos de lo mismo.

Desde la perspectiva de mi profesión, eso que se inventa en plena industrialización y que se denomina marketing, siempre se ha cuestionado si la mercadotecnia cubría necesidades o las creaba. Es el gran debate. Pues bien, de todas las acepciones del término marketing que he escuchado, para mí la más acertada es aquella que oí a la modelo Tyra Banks en un programa televisivo de máxima audiencia. Decía esta mujer imponente de medidas perfectas, que esta sociedad nuestra juega exclusivamente con la frustración y abusa de este sentimiento para conseguir crear una espiral consumista desbocada que no tiene ningún sentido. Cuando ya tenemos el precioso y céntrico piso de nuestros sueños, nos convencen de que seremos mucho más felices con un apartamento en la playa. Cuando esto está resuelto, es el coche lo que necesitemos cambiar, y al acabar de aparcarlo en garaje caemos en la cuenta de que si no nos operamos la nariz nunca podremos ser felices.

Y por esto, forzamos a nuestros hijos a estudiar fuera de las horas de colegio para que puedan conseguir un puesto de trabajo mejor que les permita tener más y seguir con su espiral de frustración constante. Por eso no nos separamos del teléfono móvil con la excusa de que si no contesto puedo perder ese cliente. Y la espiral sigue y seguimos sintiéndonos infelices y desbordados por nuestra propia insatisfacción. Tranquilos, detrás vendrá Punset a decirnos que la felicidad es un invento del siglo XX ahora que ya no tenemos que preocuparnos por la supervivencia. Y no le falta razón.

Pues bien, hoy yo me planto. Realmente no necesito una tele. No la voy a comprar. No voy a realizar el esfuerzo de trabajar tres horas más para conseguir esos ingresos que me permitan tener el último modelo de pantalla plana que técnicamente me hará mucho más feliz. Mi salón se quedará igual de vacío que hasta hoy, dispondré de las horas que no he gastado en obtener esos ingresos, en ir a comprarla, en desenfundarla, en colocarla, en sintonizarla. Dispondré sobre todo de las horas que no voy a invertir en amortizar mi inversión sentada en el sofá. Con todas esas horas y todas las demás que me van a regalar todas las posesiones materiales que no voy a comprar, voy a dedicarme a vivir. Puro marketing, marketing vital.

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