En la sociedad post-industrial en la que vivimos contamos con medios y recursos abundantes, tenemos fácil acceso a financiación, tecnología, talento, etc. (actualmente todo ello discutible…). Estas bajas barreras de acceso a tecnología, producción, marketing y logística facilitan enormemente el desarrollo de nuevos negocios.
Si decidimos emprender, podemos seguir dos caminos:
- Aprovechar estas ventajas para reducir costes y repercutirlos en los precios de dichos productos o servicios, de manera que podamos competir en precio.
- Enamorar al cliente, ofreciéndole una experiencia de uso que lo envuelve con un halo de emoción y calidad, creando una relación especial con él.
El inconveniente de las bajas barreras de entrada es que están a disposición de todos aquellos osados a emprender. Todos los nuevos competidores las utilizarán para reducir costes y pelear por precio…
Sin embargo hay un factor que permitirá mantener costes y precios bajos: el tamaño de la compañía. Ser grande, lo más grande y rápido posible. El tamaño y las economías de escala asociadas, sí son un factor diferencial que se puede mantener en el tiempo y así aplacar a los pequeños y dinámicos competidores.
El otro camino: ser sexy, permite mantener una continua diferenciación respecto la competencia porque crea una relación emocional con el cliente. De manera que éste se convierte en fan y seguidor de la marca, asumiendo el papel de embajador de la misma: La defiende en debates (foros), opina y discute acerca de lo que desea de la marca (Facebook y Twitter). Lo hace así, porque le emociona, la considera una parte de su vida.
Para ser sexy es preciso atesorar una cualidad de la que la empresa se sienta orgullosa y sea capaz de identificarla y compartirla con sus clientes en los social media, vehículo de las relaciones entre las marcas y los otros usuarios y clientes.
Y tú: ¿eres grande o eres sexy?
0 comentarios