Recientemente, realicé un repaso a mi archivo informático de artículos de interés y encontré, en la carpeta “otros” -aquellos que no se ajustan a ninguna otra categoría- “Una inyección contra los malos recuerdos”. Un título tan sugerente captó mi atención de inmediato, si bien su lectura me resultó algo decepcionante porque no era una metáfora sino una realidad. El artículo continuaba: Científicos norteamericanos prueban con éxito un fármaco que destierra de la mente los traumas del pasado. Se trata del último medicamento del «bienestar», un negocio que mueve 25.000 millones de euros al año.
Desgraciadamente, en ocasiones se producen situaciones extremas que acarrean estrés postraumático difícil de superar. Por ejemplo, alguien que haya sufrido una violación o se haya visto envuelto en un accidente con víctimas mortales quedará marcado de por vida y posiblemente tenga pesadillas, esté angustiado y no consiga hablar del tema y mucho menos superarlo.
Este domingo, leí una entrevista interesante al consultor y asesor Alex Pattakos, en Expansión & Empleo, referido a la necesidad de los profesionales de encontrar un sentido a su trabajo. Concretamente, Pattakos ha aplicado al mundo empresarial las teorías del famoso psiquiatra Victor Frankl, que sobrevivió a circunstancias extremas, tras pasar varios años en los campos de concentración nazis de Auschwitz y Dachau.
Lo que Frankl aportó al mundo del desarrollo personal y a la terapia fue la necesidad de todo ser humano de encontrar un sentido a su existencia. ¿Me estoy poniendo demasiado profundo? Puede que sí, sin embargo es un tema clave cuando lo trasladamos al mundo laboral. Si un profesional no siente que su trabajo está aportando algo valioso y útil a alguien o a algo (sea sus clientes, sea la sociedad…) nunca se sentirá satisfecho, y mucho menos realizado en su trabajo. Y por ende, su motivación y productividad caerán en picado a velocidades supersónicas.
El seguimiento de la rutina, el mantenimiento del “statu quo”, el sometimiento a los cánones y formas sociales tiene sus ventajas. ¡Qué duda cabe!
Yo digo que suponen un ahorro de energía y esfuerzo importantes. Lo opuesto habría sido agotador. En el juego de la rutina no necesitamos hacer una obra de arte de cada comportamiento, es simplemente un dejarnos llevar.
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